Caer desde lo alto de una montaña infinita, a un vacío creado por una hendidura que parece no tener fondo, puede ser una experiencia traumática y desoladora, pero es más traumático y desolador, saber que cada vez la cima de la montaña estaba más y más cerca, y que por satisfacer el impulso de hacerte el valiente durante una ínfima fracción de tiempo, saltaste.
Amar para las personas que comparten siquiera un ápice de mi trastocada psique es en esencia eso, algo que parece crecer y crecer, algo que crea una ilusión en ti, algo que despierta la quintaesencia del engaño humano, la esperanza, hasta que la situación da un vuelco inesperado y todo comienza de nuevo.
Así ya he vivido siete situaciones en siete años. Una gran amiga mía dice que los que amamos a alguien sin ser correspondidos somos parias en las historias de amor, que nadie cuenta nuestra historia, y dice en una frase lo que llevo mucho tiempo intentando expresar por medio de estas tajantes herramientas que son las palabras: "somos víctimas de una aventura unilateral".
Parece que el destino todavía no me permite salir de ese status quo y por ello creo que ha llegado el momento no de rendirme, sino de esperar y no buscar, esperar una oportunidad, y aferrarme a ella con todo lo que tengo.
He jugado varias veces, haciendo uso del autoengaño para hacerme creer que estaba enamorado. Sin embargo, ha habido tres veces, en las que mi mente ha hecho una alianza con esa extraña entidad que llevamos dentro, a la que no sabemos como denominar exactamente, pero a la que llamamos para entendernos entre nosotros "corazón". Esas tres veces, la pasión ha ido de la mano con el dolor, de manera que nunca he sabido cuál de ambos estaba destinado a ganar la batalla por mi alma.
Tres veces en las que los sentimientos que han atravesado mi más profunda esencia han cambiado.
La primera fue lo que muchos denominan el gran flechazo. Fue repentina e inesperada, con una persona que nunca habría imaginado que estaba destinada a ocupar un lugar tan destacado en mi vida. Por ella lo di todo, y aunque la cosa no pareciera funcionar a mí no me importaba, por lo que seguía otorgando más y más importancia a lo que sentía. Gracias a ella maduré, gracias a ella lo sigo haciendo hoy en día, y gracias a ella, existe mi obra maestra, un libro que no sólo sirve para contar una fantasiosa historia de ciencia ficción, sino para relatar como funciona en esencia la vida, y cómo los tejemanejes del destino pueden desembocar en consecuencias inesperadas. A pesar de que el tiempo haya pasado y la distancia, no sólo física sino también emocional, haya creado una invisible frontera entre nosotros, por ella lo seguiría dando todo, porque ella, sin darse cuenta, me lo dio todo.
La segunda vez, la situación se presentaba con un halo de incertidumbre. Nos conocíamos desde muy pequeños, y durante años, nuestras respectivas familias siempre dijeron que podríamos tener una historia juntos. Un año, tras terminar segundo de ESO, acabé creyéndolo, al descubrir que la chica a la que yo veía como superficial e infantil, podía ser mucho más de lo que me había esperado en un principio. Es la única vez en mi vida en la que sentía que cada día que no estuviera con ella era un tormento, una tortura cada vez más y más agudizada, hasta el punto de que ella llegó a ser mi única oportunidad de vivir una vida en la que no deseara morir cada día. Sin embargo esperé demasiado, y al hacerlo cometí el error de pensar que debía actuar rápido e ir al grano para evitar perder mi oportunidad, pero la impaciencia que puse en práctica me salió cara, haciendo que la historia se repitiera.
Y ahora, ha ocurrido una tercera vez, aunque en esta ocasión, el planearlo todo como si se tratara de algo tan antiséptico y meticuloso como una operación quirúrgica, en la que existía incluso un plan B por si la primera opción fallaba, sólo ha causado que el dolor llegue hasta un estadio en el que creo haber muerto en vida. No dolor por el fracaso, sino dolor por haber perdido a la que posiblemente fuera la mejor persona que ha pasado por mi vida, alguien a quién amé sin darme cuenta, con quien entablé una confianza que muchas personas consideran inalcanzable, una confianza como la que muchos padres lucharían por tener con sus hijos. Amarla a ella no era doloroso en un principio, sino suave, inocente, y aunque yo no lo vi hasta que fue demasiado tarde, perfecto. Sin embargo, todos los esfuerzos que empleé para que nadie sospechase de que estaba orquestando un gran plan fueron los que contribuyeron a que este no funcionara. Cuando caí en la cuenta de que todo empezaba a desmoronarse, tuve miedo, y por un momento, fui cobarde al intentar salvar mi pellejo como mejor pude, y esa fue mi perdición, ya que al hacerlo, dañé la confianza que tantos años tardé en conseguir. Al caer en la cuenta de mi error, el miedo que sentía me impidió razonar, y actué siguiendo el instinto depredador que todos llevamos dentro: ataqué. Fui tajante, fui severo, fui perverso. La liberación de adrenalina que se produjo en mi organismo al escribir unas cuantas palabras de dolor inflijido habrían bastado para que un atleta olímpico saltara por encima del Empire State. Sin embargo lo peor ha sido la tortura a la que he sometido mi mente al recordar todo lo que disfrutaba sintiendo ese amor, y a todo lo que sufro sintiéndolo ahora. También se ha creado un inimaginable pesar en mi interior, ya que mi creativa mente no hace más que imaginar el que podría haber sido nuestro futuro si hubiese actuado de otra manera, en un plazo de tiempo, que apenas abarcó cuatro horas, en las que destruí todo lo que me importaba realmente, en las que mandé a tomar por culo todo lo que podría haberme hecho feliz, para no sentirme desgraciado como me siento ahora, asolado de nuevo por esa recurrente y pérfida pregunta, que lleva arrebatándome el sueño y la cordura desde hace ya demasiado tiempo:


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